Una noche en las sierras

Sábado a la tarde, julio, invierno en las sierras. Llego a lo de Cecilia a las seis y media. El viento sur dobla dos sauces que están a la orilla del arroyo que pasa al costado de la casa. Estoy contento. Siento que la casita despojada y blanca y mi querida, la dueña del lugar, me están esperando. Tengo muchas ganas de estar con ella. Le traigo un regalito y también una botella de vino bueno. La tarde es lluviosa y fría. Golpeo en la puerta casi al mismo tiempo que la abro, quiero darle una sorpresa, alegrarla, ella no sabe a qué hora voy a llegar. La sorpresa es mía. En la sala está prendido el hogar. Cecilia esta recostada en el sofá verde bastante arruinado que llena la mitad del ambiente, en el medio del living, sentado estilo buda sobre una alfombra tan vieja como el sofá está Kiavo Cámara. El mate en la mano, la pava sobre la alfombra al lado de sus piernas.

一Hola amorㅡdigoㅡ y miro a Cecilia.

Cecilia se levanta, me da un beso ligero en la mejilla.

ㅡHola gordo, ¿cómo andás? ㅡpregunta y se vuelve a sentar.

Miro a Kiavo, él me saluda primero.

ㅡHola Daniel ¿Todo bien? ㅡdice Kiavo.

ㅡHola, sí, sí, todo bien, un viaje largo.

Kiavo alarga el brazo con el mate.

ㅡ ¿Querés? ㅡpregunta. ㅡJusto estábamos comentando con Cecilia que si hubiera yerba en la India sería una infusión sagradaㅡ dice, y muestra los dientes.

No sé qué contestar. Me siento en un sofá individual destruido como el otro, tomo el mate. Ella sonríe con toda la cara mientras mira a Kiavo. Con él me he cruzado un par de veces, es amigo de Cecilia desde antes que yo la conociera. Es un tipo de pelo largo y negro, con buen porte, ojos verdes penetrantes. Es artista, así dice. Heredó algunos bienes de sus padres, terrenos, autos y no sé qué cosas más. Me lo contó Cecilia hace ya tiempo. Vive en una casa no muy lejos de acá. Miro el reloj, cinco y veinte, pienso que ahora que llegué Kiavo se va ir rápido, unos veinte minutos como máximo.

Devuelvo el mate a Kiavo y este lo llena de agua con mucha gracia y se lo da Cecilia.

ㅡLe estaba comentando a Cecilia que estoy pintando unos cuadros fabulosos usando una nueva técnica con pólvora ㅡdice Kiavo.

Así dice, “fabulosos” y nos brinda varios detalles que no entiendo bien y me aburren. De todas formas, trato de atender y de entender. No lo logro. Además Kiavo casi ni me mira, todo el tiempo mira fijamente a Cecilia. Se extiende en un monólogo largo y complejo sobre la técnica pictórica nueva que está usando. Dice que él la inventó. Miro por la ventana, el sol se esconde, llovizna, hace frío, cada minuto que pasa me parece más indicado para que Kiavo se vaya y para que yo me quede solo con Cecilia. Pero mis deseos no son órdenes para nadie. Luego de una buena media hora monologando sobre sus pinturas Kiavo declara solemnemente que además de pintar ha estado escribiendo poemas.

ㅡTengo más de cienㅡdice. ㅡEn cualquier momento publico un libro. Cristina Banegas, una amiga editora de Córdoba me dijo que son excelentes. Yo no creo que llegan a tanto, pero me gustanㅡ dice.

Me quedo callado. No tengo nada que decir. Pienso en contar algo mío, en imponer alguna circunstancia de mi vida ¿Pero qué voy a decir? ¿Qué esta semana vendí un auto en la concesionaria? ¿Qué mi nena tuvo una gripe fuerte y mi ex mujer se asustó y me llamó a las tres de la mañana? La llovizna ahora es lluvia, un murmullo agradable sobre el techo de zinc de la casita. Kiavo sigue hablando de sus poemas. Trato de no escuchar, voy al baño, me fumo un pucho, hago tiempo, vuelvo. Voy a la cocina, saco agua de la heladera, la tomo, vuelvo. Estoy atento a las reacciones de Cecilia, pero ella solo me mira con cara inexpresiva de vez en cuando. El resto del tiempo mira a Kiavo, le contesta a Kiavo, sonríe con él.

Pasan unos treinta minutos, ahora los dos hablan de poemas en general y de los poemas de Kiavo en particular. A Cecilia le gusta Walt Whitman. Por lo menos eso dice, yo me acabo de enterar. Kiavo asiente.

ㅡEs fabuloso, sus poemas son fabulososㅡ dice con énfasis.

ㅡ¿No es cierto que sí? ㅡpregunta Ceciliaㅡ. A mí me emocionan.

ㅡYo los leí en inglés. Son aún mejores, nada como la poesía en su lengua original. Pero en español también son muy buenos, muy buena tu elección ㅡdice Kiavo.

Todos nos callamos unos dos minutos, se escucha el crepitar de los leños en el fuego, y la lluvia sobre la chapa. Pero nada bueno dura, a veces no dura ni tres minutos. Kiavo interrumpe el silencio con una afirmación.

ㅡEstoy dando clases de tango en la Casa de la Culturaㅡdice.

ㅡNooo, no me jodásㅡdice Cecilia, sonriéndole por trigésima vez desde que llegué. ㅡ¿En serio?ㅡ pregunta.

ㅡSí, en serio.

ㅡExcelente Kiavo ㅡdice Cecilia y ensaya su sonrisa más radiante. ㅡMira que sos loco, ¡eh! ¿Te gusta el tango? ¿Y cuándo aprendiste a bailar? ¿Y ya sos profesor? Y yo que ni sabía que bailabas. ¡Y jamás en la vida te vi escuchando un tango…jajaja!

ㅡEl tango apareció hace poco en mi vida, pero fue un amor inmediato, yo pienso que el tango es la música más hermosa del mundo, su poder emana de la profundidad de los sentimientos que expresa ㅡdice Kiavo. ㅡNo me pude negar a escucharlo, ni a bailarlo, me gusta tanto que terminé enseñando.

Miro el reloj, hace mucho que estoy sentado en este sillón incómodo, me duele la espalda, tengo ganas de irme, de salir corriendo, pero no quiero dar el brazo a torcer, se tendría que ir él. Después de todo ella es mi novia.

ㅡEstás callado gordo ㅡdice Cecilia, y me mira como si recién se hubiera dado cuenta de que estoy acá.

Kiavo nos observa inquieto a ambos. Me parece que está un poco inquieto porque hemos interrumpido su monólogo. Pero se recupera, comienza otra vez. Da detalles cómicos de sus clases de tango. De sus alumnos. Cecilia se ríe cada vez más alto y más exageradamente. Del mate pasan al vino, al vino que yo traje, y del vino a un porro. Yo no fumo, pero ellos parecen divertirse cada vez más. Me pregunto si Kiavo se irá esta noche o pensará quedarse hasta mañana. También se me ocurre que a lo mejor Cecilia desea que me vaya yo, pero no puedo estar seguro. Kiavo está ahora fumado y medio borracho. Ha llegado a un pico de verborragia y de histrionismo. Hace caras y voces, imita gente, a conocidos de ellos del pueblo. Eso pone a Cecilia en la gloria, se ríe a carcajadas, da pequeños grititos histéricos y agudos. Por mi parte, creo que desde que llegué he dicho tres frases.

ㅡBueno, me voy ㅡdeclara Kiavo muy serio a eso de las diez.

ㅡ¿Porque no te quedás un rato más? Está todo bien, eh ㅡdice Cecilia.

ㅡNo, no, es que mañana tengo cosas que hacer.

Mañana es domingo y a él no se le conoce trabajo, pero no puedo decir que no me alegre que se esté por ir.

Kiavo está parado, hace le venía como un militar. Mira a Cecilia.

ㅡEl deber es el deber ㅡdice en voz muy alta, mientras hace muecas e imita movimientos marciales.

Cecilia se tienta, empieza con una sonrisa tímida y pasa por etapas a una carcajada ahogada y luego a una bastante exagerada y teatral. Me pregunto si no tendría que irme yo también.

Finalmente el poeta se va. Un pequeño milagro en la noche serrana y lluviosa. En el living hay un espejo grande, y muy viejo, como todo en esta casa. Me miro en él, estoy tan enojado que tengo miedo de ver visiones, de alucinar, me pasa siempre cuando estoy muy enojado, siento ese miedo. No debería molestarme nada. No ha pasado gran cosa. Cecilia siempre dice que soy un molesto y un celoso.

Ella va a la cocina. Vuelve con dos tazas de té, no sé cuándo las preparo. Yo sigo mirando mi cara enojada en el espejo.

ㅡ¿Todo bien?

ㅡSí, fantástico, si algo quería hoy era escuchar cuatro horas las aventuras del Kiavo, me apuré a llegar para no perderme nada.

ㅡBueno, yo soy libre de invitar a mi casa a quien quiera. Además es un gran artista.

Me quedo en silencio. No es una buena noche para viajar, pero casi sin pensar le digo que me vuelvo a Córdoba. Que la nena estuvo enferma en la semana y que tengo miedo de que me llamen de urgencia en la noche, que ya pasó hace un par de días.

ㅡNo quiero estar lejos de ella ㅡdigo.

ㅡ¿Entonces para qué viniste?

ㅡNo sé. Tenía ganas de verte, pero ahora estoy preocupado.

ㅡAh, claro, me imagino, tu hija.

Siguen unos 10 minutos de silencio absoluto, nos sentamos, miramos el fuego. Hasta que me levanto le doy un beso en la mejilla y salgo a la noche lluviosa y fría. Un relámpago ilumina unas sierras cercanas, un flash de belleza sobrehumana para decorar un poco mi tristeza. Subo al auto., enciendo el motor y me voy.

Tres días después estoy durmiendo en lo de Cecilia. Hablamos por teléfono y me vine a cenar y dormir un martes, cosa que no es mi costumbre. La cena estuvo animada, chispeante, nos divertimos. Nos fuimos a la cama contentos. Tuvimos sexo y luego nos dormimos. En la mitad de la noche Cecilia me pone la mano en el hombro, me empuja, me habla, me despierta. Miro el reloj, son las tres menos cuarto.

ㅡ¿Qué pasa?

ㅡSentí, escucha bien, es un perro que llora ㅡdice ella.

ㅡBueno ¿Qué querés que haga? ¿Qué le lleve comida?

Apoyo la cabeza sobre la almohada de nuevo y cierro los ojos. La luz del dormitorio no está prendida pero ella abrió la persiana y se filtra un haz de luz del alumbrado público.

ㅡEs que está llorando mucho, y hace como media hora, ya no aguanto más, para mí que le pasa algo grave.

ㅡBueno, debe estar esperando al dueño, o habrá un hembra en celo ㅡdigo.

ㅡNo, no ㅡcontesta medio desesperada. ㅡLe pasa algo malo, estoy segura, se rompió una pata o algo peor.

Cecilia tiene un don para los perros, tiene cinco en su casa y se comunica mejor con los perros que con las personas, se me pasa por la cabeza que puede tener razón, pero también pienso que mañana tengo que irme temprano a trabajar a Córdoba y que tengo que dormir y que esta mina es una hinchapelotas. No sé qué decir para que no se moleste pero quiero seguir durmiendo, así que vuelvo a apoyar la cabeza sobre la almohada, cierro los ojos y me hago el dormido. Trato de que ella vea mis ojos cerrados en la media luz del cuarto. A través de los párpados siento que ella me clava la mirada y además escucho el aullido lastimoso del bicho, llora como un desgraciado, a los gritos, como un lobo en una película con lobos. Es un sonido muy agudo que me pone los nervios de punta. Abro los ojos, ella me está mirando fijamente, intuyo más que veo su carita de desaprobación y enojo en la oscuridad.

ㅡ¿Vos sos boludo o qué? ¿No te das cuenta de que ese animal debe estar sufriendo un montón?

ㅡBueno, pero podemos ver todo de mañana, cuando amanezca, no hay tanto apuro.

ㅡ¿Cómo que hay tanto apuro? ¿Y si tiene clavado algo en el cuerpo? ¿Y si le dieron un tiro? ㅡdice.

No contesto, se me ocurre que no es un problema mío, pero si lo es. Estoy durmiendo en su casa, y ella está preocupada por ese perro. Quisiera estar en mi casa, en mi propia cama, solo. A noventa kilómetros de acá. Cecilia vuelve a la carga.

ㅡLevantate, acompañame, por favor, no puedo ir sola.

Y no es un pedido, es una orden de la dueña de casa.

ㅡ¿Ir adónde?

ㅡA buscarlo, a ver qué le pasa ¿Adónde vamos a ir? ¿Al cine? ㅡcontesta ella en tono agudo, de enojo.

ㅡ¿Te volviste loca? ㅡSon las tres de la mañana, deben hacer seis grados bajo cero, la casa más cercana está a doscientos metros. ¿Adónde lo vamos a buscar? ¿Cómo lo vamos a encontrar?

Ella se levanta y prende la luz del cuarto.

ㅡNo sé, podemos ir guiándonos por los aullidos ㅡdice mientras se pone el pantalón.

Me levanto yo también, miro por la ventana, un farol oscila indeciso sobre la calle, cosa rara, porque no hay nada de viento. Me imagino que afuera me voy a congelar. Al lado nuestro una estufa a gas encendida emite un sonido relajante, la llama azulada es como un símbolo de paz. Me pongo encima toda la ropa que encuentro y una gorra de lana. Ella también se pone una gorra, pero ninguno de los dos tiene guantes. Me miro las manos, se las miro a ella. La noche había sido perfecta hasta que Cecilia me despertó, pero ahora me imagino a mis hijos, a Nachito, a Valentina. Deben estar dormidos, calentitos, arropados, en el cuarto contiguo al de su madre. Me imagino una escena de calor hogareño, de paz. Pero estoy excluido de todo eso. Mi ex me lo dejó bien claro, y me dejó también, y me dijo que me fuera de nuestra casa, de mi casa. Y eso hice.

ㅡDaaaale, si te seguís demorando se va a morir de hambre y sed ese animal. ¿Te podés

apurar? ㅡdice Cecilia.

Salimos al patio y luego a la calle, el farol frente a la casa se agita aún más, pero todo está quieto, muerto. No hay ni una pizca de viento. No entiendo nada, ni el farol que se mueve sin viento, ni qué estoy haciendo acá afuera. El frío me taladra la cara y las manos, me despierta. Pasan por mi cabeza imágenes de Siberia, de la Antártida. Aunque nunca estuve allí, ni siquiera estuve en el sur. Ella lleva una linterna, yo le pregunto si no convendría llamar a la protectora de animales, o a la policía, y que se ocupen ellos.

ㅡSeguí haciéndote el pelotudo vos, dale.

El perro sigue aullando, pero ahora a intervalos, antes parecía una alarma que no deja de sonar, ahora el sonido lastimoso suena de vez en cuando. No tenemos más remedio que guiarnos por los alaridos espaciados y fugaces. La calle de tierra está iluminada por las farolas que cuelgan cada 50 metros y emiten una luz amarilla y enfermiza. Los terrenos alrededor de la casa están todos baldíos y llenos de árboles. Casi todos siempreverdes y acacias. Caminamos unos cien metros cuesta abajo y el sonido lastimero se va apagando. Caminamos en dirección contraria y el volumen parece incrementarse. Descubro que los aullidos vienen de mi derecha, dónde hay un terreno con un alambre bajo y luego un millón de árboles que dejan ver sus siluetas en la penumbra lunar. Se nota la escarcha, el hielo, en todos lados. Tengo las manos entumecidas.

ㅡViene de ahí ㅡdigoㅡ, está por ahí ㅡ. Pero no se puede caminar, hay mucho monte, muchos árboles.

Un rayo de luz la ilumina débilmente y puedo ver que Cecilia me mira con desprecio, con asco, hace un gesto decidido y camina hacia los árboles. Es una mujer alta, de pelo castaño y bastante linda, a mí me gusta mucho. Seguimos en dirección al sonido. Cruzamos dificultosamente unos alambres con púas. En partes la tierra es barro debido a la lluvia del fin de semana. Avanzamos unos 70 metros en el medio del monte. Está cayendo una helada tamaño cañón del colorado. En algunos tramos hay charcos de agua. En los sectores más secos la tierra está dura debido al hielo. La interna ilumina sucesivamente un montón de ramas secas, luego otro cúmulo de ramas, luego una montaña de tierra marrón y greda de unos cinco metros de altura que me parece muy grande a esa hora de la madrugada. Una cordillera. Todo el lugar me hace pensar en un cementerio abandonado, en fosas comunes. No hay casas ni rastros de gente. Los sonidos lastimosos vienen de ahí cerca, me da un poco de miedo. Miro a Cecilia y me parece que llora, tiene el pelo aplastado contra la frente, como si se hubiese mojado el flequillo. El perro se escucha ahora en sordina, como si sus ladridos y gruñidos vinieran a través de un tubo. Damos un par de pasos. Más allá de las ramas y la tierra hay un pozo de un metro de diámetro. De ahí vienen los gritos. El agujero está calzado con aros de cemento. El borde asoma unos diez cm sobre la tierra húmeda. Cecilia ilumina hacia abajo con la linterna. El pozo tiene por lo menos seis metros de profundidad. Al fondo el perro llora. Mira para arriba, los ojos reflejan la luz de la linterna. Parecen dos luciérnagas. Alcanzo a ver un animal mediano. El agua le lleva hasta la mitad del cuerpo y está parado en dos patas. No veo solución, son las tres de la mañana, hace un tornillo indecible, estamos solos, el perro está muy abajo y no tenemos ni una soga. El último acto heroico de mi vida fue a mis siete años, cuando defendí a un chico muy pequeño de otros que le querían pegar. Ahora tengo 38, perdí la costumbre.

ㅡHay que llamar a los bomberos ㅡdigo.

Pero sé que es inútil, estamos en el medio del de las sierras, y no hay nada de señal en los celulares, ella no contesta, ya sé lo que eso significa.

ㅡ La otra solución sería agarrar el auto e ir a avisarles ㅡagrego.

Están a 25 km, pero no me parece descabellado, ya todo está perdido, esta noche, mi día de trabajo…todo…

ㅡEsos no me van a dar bola, menos a esta hora. La otra vez los llamé por el gato, que se subió a un árbol y no quería bajar, y no vinieron. Nunca vienen cuando los llamo o los busco. De ninguna forma, vamos en el auto hasta lo del Kiavo. Él tiene sogas, aparejos, todo, él puede bajar y sacarlo ㅡdice ella.

ㅡ¿Lo vas a despertar a esta hora para esto?

ㅡClaro. Él no es como vos, ama los animales, es una persona sensible.

Esta mujer sí que sabe usar la lengua. Es capaz de hacerme sentir culpable a las cuatro de la mañana a la intemperie, en las sierras, en el medio de una helada, mientras trato de rescatar un perro que no me interesa para conformarla a ella.

ㅡ¿Qué hacés? ¿Estás soñando o qué? ¡Despertate! ¡Dale hagamos algo rápido ese perro se está muriendo de frío! Hay agua ahí abajo, está mojado ㅡdice de vuelta en voz muy alta.

Realmente está desesperada, corre dentro del monte de regreso pero no se tropieza una sola vez. La linterna no es muy grande, el haz de luz es una rayita, yo camino lentamente y estoy a punto de caerme todo el tiempo. Por suerte el resplandor de la luna se filtra entre las ramas, algo se ve. Llegamos a la casa, nos subimos al auto. Lo enciendo y enfilo hacia lo de Kiavo. Si algo me faltaba esta noche es encontrarme con “El Kiavo”. El profesor de tango, el artista plástico. La noche es transparente, azul y fría. Ideal para contemplarla por la ventana o para dormir. Espantosa para andar afuera rescatando perros accidentados y encontrándose con EL Kiavo.

Luego de unos siete minutos llegamos a la casa. He pasado de día caminando por aquí. Es un chalet de los setenta bastante deteriorado con techo de tejas españolas, hay muchas rotas. Entre ellas crecen algunas plantas. La construcción está en el medio de un terreno grande lleno de álamos que queda en un valle rodeado de sierras bajas, un lugar tranquilo, bonito. El perfil de la casa se dibuja perfecto bajo el claro de luna. El silencio es abrumador, parece provenir del frío y de la penumbra lunar. Son como tres cómplices. Sé que Kiavo tiene dos rottweilers y eso me preocupa. Pero no ladran, no aparecen.

Ella golpea las manos frenéticamente. Pasan unos minutos, nadie contesta. Cecilia ahora ahueca las manos alrededor de su boca.

ㅡ¡Kiaavooooo! ¡Kiaavoooo!

ㅡEhhh, ¿qué pasa che? ㅡ Se oye una voz destemplada que sale desde la casa. No suena como si fuera de él. Tal vez nos equivocamos de casa, pero estoy seguro que no.

ㅡHola Kiavo, soy yo, Cecilia, soy yo. Te necesito, rápido, por favor, es una urgencia.

ㅡEhhee ¿qué pasa che? Ya voy ㅡgrita Kiavo. Ahora parece realmente molesto.

Cecilia me mira. Parece que me va a preguntar qué podemos hacer, pero no dice nada.

Esperamos tiritando. Pasan unos cinco minutos, sale Kiavo, se acomoda en la galería al lado de la puerta de entrada, bajo la luz de una bombita muy blanca, a varios metros de dónde estamos nosotros. Lleva una camisa clara con los botones abiertos, un pantalón de gimnasia azul, tiene cara de dormido, está descalzo. Yo estimo que en este momento hace unos ocho grados bajo cero. Me preocupa que se enferme.

ㅡ¿Qué pasa? ㅡdice Kiavo casi gritando.

Noto la sorpresa que le depara la reacción de Kiavo en la cara de Cecilia.

ㅡHay un perro, un accidente, se cayó a un pozo, hay agua, se está muriendo de frío. ¿Podés venir y ayudarnos a rescatarlo? ㅡsusurra ella con voz temblorosa, como si tuviera miedo de despertar a Kiavo.

ㅡEstoy con gente ㅡdice élㅡ. Perdón, pero no puedo salir. Estoy con una amiga de Buenos Aires. Va a tener miedo de quedarse sola. Siempre tiene miedo, incluso en la ciudad. Imaginate acáㅡ contesta Kiavo.

Su tono es ahora extremadamente lúcido, serio, cordial. Ya no grita. Miro a Cecilia, está lagrimeando de nuevo.

ㅡ¿Por lo menos nos podés prestar unas sogas, una aparejo, algo? ㅡpregunta ella.

ㅡTe pido mil disculpas flaca. Le presté todo a Macó el domingo pasado, lo necesitaba para un techo que está armando. Ese perro lo podemos sacar mañana, seguro que aguanta. Si no lo podés sacar esta noche me avisas a la mañana y algo hacemos.

Durante toda la conversación soy invisible para Kiavo. No me mira, no me saluda. Solo se dirige a ella. A lo mejor a esta hora de la madrugada solo puede ver una persona a la vez.

ㅡNos hablamos flaca ㅡdice Kiavo. Abre la puerta, entra a su casa y desaparece muy rápido de nuestra vista. Parece un acto de magia.

Cecilia se queda parada, inmóvil, yo muevo las manos porque siento que se me congelan. Ella parece una estatua.

ㅡBueno, ¿nos vamos? ㅡpregunto.

ㅡVolvamos rápido ㅡdice ella. Y su inmovilidad contrasta con sus palabras.

Se queda quieta, absorta. Luego de un minuto empezamos a caminar. Hacemos el camino inverso, volvemos en el auto, yo manejo. Pienso en que sin sogas ni escaleras ni ayuda no hay chances de nada. Dejamos el Renault a la vera del camino, cruzamos los alambres, nos adentramos en el monte congelado nuevamente. Al perro no se lo escucha, ni un grito, ni un aullido. Solo el silencio perfecto de las montañas, del frío. La luna es un círculo de plata brillante, el aire es azul oscuro, azul noche. Las estrellas son gemas plateadas. Una delicia el cuadro, a pesar del frío y las circunstancias. Llegamos al borde del hoyo, ilumino hacia adentro con la linterna.

ㅡ¡Está muerto, está muerto! ㅡgrita Cecilia.

Se ve poco, casi nada, la linterna tiene pocas pilas, pero se vislumbra una forma, como un tronco flotando.

Ella lo llama

ㅡPicho, picho, picho, chiquito, chiquito, negro, negro…

Repite esto varias veces, en diversos tonos, en distintos volúmenes. Pero nadie contesta. No hay movimientos, no se escuchan llantos ni aullidos. Yo pienso que el pobre bicho está más muerto que San Martín, pero no digo nada. Ella llora otra vez, pero ahora a mares. Se suena la nariz, la abrazo, trato de consolarla. Se deja abrazar con pocas ganas.

ㅡPobre perro, que mala suerte caer a un pozo una noche así ㅡdigo.

Ella me aleja, empujándome con las manos.

ㅡCallate falso de mierda. Si vos no querías ni salir a buscarlo. Te importaba un carajo el perro.

No digo nada, volvemos a la casa, son cerca de las seis. La helada me muerde las mejillas y los dedos de las manos. Ella llora en silencio. Lamento realmente lo del perro, pero más que todo quiero volver a la cama, a la estufa, y al cuerpo de Cecilia al lado mío. Lo otro no tiene solución. Cuando llegamos a su casa Cecilia me dice que es mejor que me vaya, que quiere estar sola. Abro la boca para protestar pero no digo nada. No hay caso. A pesar de que últimamente he estado leyendo mucha filosofía oriental el universo no está conmigo. Hay una falla en la conexión, una tuerca con la rosca gastada, no sé qué, un buje roto. Pienso por segunda vez en la noche, en mis hijos, en su dormitorio, en que deben estar calentitos en sus camas, en que me gustaría estar con ellos. Pero esta noche, esta madrugada, tampoco va a existir eso.

ㅡBueno. Está bien, me voy ㅡdigo.

Le doy un beso en la mejilla fría. Ella se queda quieta. No dice nada, se baja del auto. Yo arranco. Justo al salir veo a Venus, brilla casi tanto como la luna. Se perfila a través del parabrisas del auto, justo al lado del espejo retrovisor. Es realmente hermoso. Ojalá algún día lo pueda ver junto a mis hijos a esta hora como lo estoy viendo ahora.