SORTILEGIO. LA PIEDAD DEL AUTOEXILIO

Ella arrastra su pasado
por la vida
como si fuera
un televisor prendido.

Donde quiera que ella vaya
su pasado se eleva
sobre el presente y lo sofoca
lo hiere
lo sangra,
con lentitud o con prisa,
pero siempre apasionado.

Brutalmente poderoso,
su pasado destruye
los grises vestigios
del presente que es futuro
aniquilado de antemano
y yo,
como un náufrago
sin tiempo ni astrolabios
imagino la rosa
de otros vientos
y sueño, en la intensidad
de mi deseo,
con una mañana secreta.

Así fui construyendo los lugares
que habitamos,
como un mago en la desdicha
resistiendo sin estoicismo
el estigma de los muertos
que ella trajo.
(Y ya no puedo reír
pues ya no bebo
de los licores de mi madre,
de mi padre, de mi vida.)

Yo vivía en un lugar bajo un sol
que me aturdía.
No era feliz pero tenía mis medicinas,
y ella vino
con su padre muerto
y lo sentó a mi lado
como si yo fuese un árbol
¡Con qué derecho!
En ese momento no pude
odiarla como ahora
porque se pareció demasiado
a mi madre, y la luz
de esa tarde dibujó sus piernas
con una precisión inesperada.

Poco a poco ella me fue erosionando
como si yo estuviese hecho
de arena
o de sal
o de hojas secas.
Poco a poco su lluvia
se tragó mis senderos
y ya no tuve a dónde ir,
y me quedé allí varado
cual barco en extraños
puertos de continentes desconocidos:
pero todos los personajes que ella trae
a mi memoria
son extraños para mí: son hombres
y mujeres de otras latitudes
que hablan lenguas que apenas reconozco.
Estoy cansado de esas voces
que me acosan
como si el muerto fuera yo.

Quiero partir.

Yo sólo quiero sentir
el aire frío que corre
por la noche cuando
llega el otoño
y de pronto llueve
y tu vieja sorpresa
te asombra de nuevo
en la aventura
irredimible de los días
que pasan incesantes.

Yo no quiero luchar
por las cuestiones
que luchan los hombres
que creen que los hombres
importan más que las ramas
de los árboles mecidas
por el aire frío del viento
de otro antiguo otoño renovado.

Una vez más me ha sido
dada la gracia de vivir.
Y
lo que importa
importa más que estas palabras
que no mecen ni los árboles,
ni conmueven a los hombres.