Los municipales

Diego Arcal subió acelerando su viejo Ford por la ruta 38. Dio unas palmaditas amistosas sobre el panel al costado del volante, en reconocimiento a la labor de un auto fuerte y fiel. Puso el guiño a la izquierda y se internó en el barrio en segunda. Cruzó el paso a nivel con cuidado y con más cuidado bajó por las calles erosionadas por la lluvia, descuidadas por el municipio. Arcal detestaba a la municipalidad y a los empleados municipales. No podía evitar evocar con resentimiento, e incluso con furia, el desdén que le producía esa institución y sus empleados cada vez que entraba en las calles destrozadas de su barrio. Su razonamiento no carecía de lógica, ya que la municipalidad no le daba nada, casi nada a cambio del pago de los impuestos que él, criado en un hogar de rígida moral protestante, pagaba religiosamente todos los meses de todos los años. Toda esa pequeña ciudad, en cuyas suburbios vivía, estaba en un estado calamitoso, con barrios sin agua corriente, con basura desparramada que se comían los perros y la llevaba el viento; las calles céntricas estaban agrietadas por el feroz paso del largo tiempo del descuido, las veredas con las baldosas levantadas, rotas, como bombardeadas por la desidia; y cuando llovía era todo un lodazal medieval que bajaba del monte y arrasaba con todo.

Muy lentamente avanzó por la calle principal de su barrio, esquivando pozos a paso de hombre. Cuando estaba llegando a la casa de su amigo una postal inesperada azuzó su enojo. Cinco empleados municipales a la par de dos camionetas estaban haciendo un pozo para instalar el agua en una obra en construcción. “¡Cinco tipos con sus ropas anaranjadas para cavar una zanja!” Uno de ellos estaba trabajando y los otros cuatro miraban. Lo miraron a Arcal y él los miró al pasar.

Llegó a la casa de su amigo. Giró en U para poner el auto en bajada y poder arrancarlo. Tenía el motor de arranque roto, de modo que la única forma de poner en marcha el vehículo era en bajada o empujándolo. Se apeó de su Ford y se dirigió a la casa. Las gallinas paseaban por el lugar con un aire atávico. Lo miraron a Arcal con un solo ojo y siguieron su labor de encontrar alimento allí donde fuese, donde parecía no haber nada.

一No está Ale, se fue a trabajar a lo de la gringa 一le informó Eleonora.

一Ah… 一dijo Arcal, y agregó一: quería que viéramos el burro de arranque. ¿Volverá luego?

一Sí, viene al mediodía 一Ella hablaba y su expresión era la de una persona que está a punto de sonreír.

一¿Vos viste eso? 一preguntó Diego, señalando a los empleados municipales.

一¿Qué? ¿Los municipales?

一Sí. ¿Viste cuántos son?

一Si 一dijo ella y soltó esa sonrisa que tenía guardada.

一¡Cinco tipos para cavar una zanja! ¡Qué hijos de puta! 一Arcal repuso y comenzó a dar pasos de un lado a otro. Cuando daba pasos así, yendo y viniendo, era porque su enojo necesitaba más que simples palabras. Eleonora soltó una risa irónica.

一Están trabajando para ganarse el sueldo 一dijo.

一El sueldo que les pagamos nosotros, ¡que sí trabajamos! 一repuso Arcal. Armó un cigarrillo mientras iba y venía y se puso a fumar. Ella se quedó en silencio. Miró a los empleados municipales, a las gallinas, y sintió el aire refrescante de la mañana de otoño.

一Estos tipos son los verdaderos planeros. Ellos sí que ganan su dinero sin hacer un carajo. 一Arcal se detuvo pensativo, como si hesitase entre revelar un secreto o guardárselo. Agregó 一: Muchas veces me imagino entrando en la municipalidad con el hacha… me veo destrozándolo todo a hachazos…

一Lindo lío se te armaría 一repuso Eleonora. 一Terminarías preso 一dijo, sin dejar de sonreír. Era una sonrisa divertida, amena.

一Bueno 一dijo él al cabo de un rato, mientras terminaba apurado su cigarrillo,一 me voy y vuelvo luego del almuerzo, a ver qué podemos hacer con el burro de arranque.

一Dale. Le digo al Ale así te espera.

Se subió al auto, soltó el freno de mano, le dio contacto y enganchó la segunda. El auto se deslizó por la breve pendiente y cuando Arcal aceleró apenas, el motor rugió suavemente y arrancó. Fue entonces, mientras giraba hacia el norte, que se le ocurrió sacar una foto de los cinco municipales vestidos de naranja, cuatro de ellos parados y uno metido en la zanja, para mandársela a su amigo político con el objeto de escrachar la función del actual intendente. Lo pensó y temió la reacción de los empleados. ¿Se pararía y les tomaría la foto, así simplemente, sin decir nada? No, mejor no. Ante la mirada sorprendida de los cinco, él les diría: “Disculpen muchachos, pero esto es histórico”, y les tomaría la foto con el celular. El corazón le latió más fuerte en ese momento decisivo. Pasó lentamente al lado de ellos, mirándolos. Ellos también lo miraron. Nadie saludó. Se decidió, de modo repentino, y detuvo el auto.

Ni bien el motor se silenció, Arcal se dio cuenta de su error: estaba en subida y con el motor de arranque descompuesto no tenía modo de activar la ignición. Se bajó. Luchó contra una sensación de ridiculez que disimuló para nadie, ya que nadie lo observaba, y se puso a empujar el auto hacia un costado para darlo vuelta y poderlo lanzar cuesta abajo. Sus sandalias resbalaban mientras su espalda se resentía del esfuerzo. Giró el volante a la derecha y empujó, en vano. Entonces lo pensó, y lo que pensó, sucedió: tres de los empleados que estaban ociosos se acercaron.

一¿Le pechamos el auto, tío? 一dijo el más joven que parecía el más dispuesto.

一Sí, gracias 一repuso Arcal.

Los hombres empujaron el auto con facilidad, lo subieron a la vereda cubierta de césped y de las primeras hojas del incipiente otoño. Volvieron a empujar el vehículo marcha atrás hasta que quedó acomodado cuesta abajo.

一¡Súbase y dele arranque! 一le dijo uno de los empleados municipales. Arcal se sentó en el Ford, dio contacto y puso segunda. Los hombres empujaron con fuerza y el motor rugió amistosamente y reguló de inmediato. Arcal puso punto muerto y frenó para extender el brazo a modo de saludo.

一Gracias 一dijo. 一¡Muchas gracias, muchachos!

Mientras aceleraba suavemente en segunda, miró a su alrededor. Vió los árboles, sus hojas amarillas, y el verde de los espinillos ralos que perdura y resiste; vió los ocasionales chañares poblados de pequeñas hojas polvorientas, la paja brava, verde aún. Y luego miró más allá, y vio las montañas del este bajo el sol de la mañana, con sus oscuras sombras y el azul de las sierras a lo lejos. Sintió una alegría que hubiese querido no sentir, pero que era tan inevitable como la llegada del otoño.