Recargada

Salió del avión, entró a la manga que la llevó a un salón vidriado de una blancura deslumbrante, miró a su alrededor, no había nadie para recibirla, no era una sorpresa, pero eso hubiese deseado, una sorpresa. Tenía mucho por delante, llegaba sola a una ciudad extraña de un país desconocido. Dejaba atrás a mucha gente frustrada a la que había enredado con engaños sin fin. Había desparramado mentiras y humillaciones como la lluvia derrama gotas. Sus embustes habían sido tantos y tan variados que tal vez nunca podría regresar a la capital de provincia de su ahora lejano país. A veces pasaba por su mente una nube de remordimiento, tan leve como un pequeño pétalo en el viento. Pero no, no se arrepentía de nada. —¡A cada cual lo que se merece! Así pensaba a menudo.

Se sintió orgullosa, por fin sus pies estaban en Europa, un lugar para gente como ella. Era un sueño cumplido. Aquí la comprenderían, su mente y su cuerpo podrían funcionar a pleno. Los estúpidos prejuicios que sufriera antaño ya no se iban a repetir. Su ambigua sexualidad, su cinismo sin límites, su rapidez mental, su astucia sentimental le permitirían cazar a quien quisiera. Había nacido en el año del Tigre del horóscopo chino y se sentía muy orgullosa de ello. Mientras esperaba el equipaje se dijo a sí misma, una vez más, que era una verdadera tigresa, una cazadora, y que no debía tenerle miedo a nada. Se haría lo que se tuviese que hacer. No había otra solución. Se sintió fuerte y apoyada por su propia sangre fría.

Mientras formaba la fila en la aduana, se miró en el vidrio opaco del salón.

—Soy rubia y atractiva -pensó- y parezco joven, puedo conseguir a quién quiera y lo que quiera, en este país voy a triunfar, estoy segura. Voy a recuperar el tiempo perdido.

Un cálido arrullo primaveral recorrió su cuerpo desde los pies hasta los hombros. Se percibió complacida con ella misma. Todas las cosas se harían eco de su nombre, Europa se abriría y la recibiría con gloria. El mundo era ella, siempre ella. Sola, bella, orgullosa y omnipresente.

Después de pasar por la aduana, caminó con su valija, su bolso y su cartera por los corredores del aeropuerto. Las frías e impersonales luces del techo ponían en las caras de los otros un tinte verdoso. Afuera anochecía y ella recordó con una dolorosa punzada de nostalgia otros atardeceres, a miles de kilómetros de distancia. Pasaron unos minutos y ya fue noche del todo. A lo lejos se veían las luces de la ciudad, pensó o quiso creer que cada oscuridad tiene su propio sello y que la europea no tenía nada que ver con la sudamericana. Sintió otro chispazo de soledad, como una descarga eléctrica de baja intensidad. Salió al amplio estacionamiento, le dio a un taxista alto y flaco con cara de aburrido, la dirección de la casa de su amiga, la argentina que la albergaría por un tiempo, y le preguntó el costo del viaje.

“55 euros” contestó el chofer

Era mucho para su debilitada billetera. Agradeció la información con amabilidad y siguió. El taxista se quedó mirando fijamente cómo se iba, el jean, los zapatos de taco alto, la valija con las rueditas rechinando sobre el piso, el abrigo beige que le cubría hasta la parte más más baja de la espalda.

—Agradable la señora, no es joven ni muy bonita, pero es muy cordial y simpática, me la llevaría a la cama con ganas, pensó el taxista.

Ella ya estaba a unos treinta metros del taxi, caminaba con ímpetu bajo las luces blancas del estacionamiento cubierto en busca del bus que la llevaría al centro. Adelante, siempre adelante.

 

Ariel Contigiani (Unquillo, 2020)