La Dama

Marcelo estaba jugando al ajedrez con un amigo y su dama blanca acababa de hacer un jaque bastante peligroso al rey negro de su adversario cuando su esposa lo llamó con voz alta e imperiosa desde la cocina. Últimamente ella le había estado pidiendo con insistencia que salieran, que fueran a bailar, que se divirtieran, que fueran al cine.

Somos jóvenes -decía.

También insistía con que hacía mucho que no tenían sexo y con que él ya no parecía tener ganas de acostarse con ella.

—Ya vengo -le dijo al amigo- pará el reloj, voy a a ver qué quiere la bruja.

Se levantó y fue presuroso a la cocina.

—Quiero hablar con vos a solas, vamos a la pieza -dijo con énfasis la mujer- y antes de terminar la frase se dirigió por el pasillo hacia el dormitorio.

Él la siguió. El dormitorio estaba oscuro y la cama sin hacer. Había olor a encierro y a humedad. El cuadro producía una impresión de sueño y de malos momentos compartidos.

—Me tenés podrida, hace años que estamos mal y no hacés nada; trabajás toda la semana y los fines de semana, que son los únicos momentos en que podemos estar juntos, ¡te la pasas jugando al ajedrez con esos idiotas de tus amigos! Sos un viejo de mierda, no te interesa nada que sea divertido, no querés arreglar nada conmigo, y cuando me quiero separar te ponés de rodillas e imploras y luego volvés a no darme bola, a quedarte mudo. Lo único que te importa es ese juego estúpido y dormir, ni siquiera te importa coger. Estas desperdiciando la vida en nada, perdiendo tu juventud y yo estoy derrochando la mía al lado tuyo, me quiero separar, esta vez va en serio Marcelo

El l no contestó nada, no encontraba las palabras. Mientras intentaba concentrarse en el punto al que iba su esposa, pensó que antes de nacer no había existido por un tiempo infinito y que tampoco existiría por un tiempo infinito después de morir.

—Cuando esté muerto no voy a poder coger con ella ni con ninguna otra, pero tampoco voy a poder jugar al ajedrez con Carlitos, eso es seguro -se figuró.

Opto por quedarse callado, no tenía ánimo para hacer esa observación a su mujer.

Dio media vuelta, se dirigió a la puerta y luego por el pasillo hacía donde lo esperaba rival con el tablero. Como humo, como viento, los insultos de su mujer lo acompañaron hasta el living, luego se escuchó un portazo y el ruido de algo roto contra el piso o contra la pared.

—No te preocupes, no pasa nada -dijo a la sorprendida cara de su amigo-

—Mejor me voy -dijo la cara sorprendida- —Se me hace tarde.

Se saludaron con mal disimulada tensión. Apenas el amigo cerró la puerta de salida, su esposa entró al living, estaba llorando, lo miró fijamente. El sintió una oleada de compasión, era evidente que ella estaba sufriendo, él quiso decirle algo, pero las palabras se quedaban en su cerebro, rebotando contra el cráneo.

—No voy a existir por un tiempo infinito, tal vez no falte mucho, no deja de ser un alivio, pensó. Afuera la noche era tibia y se olía la lluvia caída, pasó un tipo en una moto, el escape libre hacía tanto ruido como una ametralladora. Trato de concentrarse en su mujer. Había hablado de separación y eso siempre le producía como un aleteo de pánico a la altura del pecho, pero solo se le ocurrió que tendrían que cambiarse de barrio, que en el que vivían se estaba poniendo muy ruidoso.