Domingo

Estaba jugado y sin fichas, ya nada
importaba, su mujer lo había dejado. ¿Dónde encontraría a alguien a quien querer
como la había amado a ella? Los pibes se habían ido con la madre, en el laburo
ganaba dos mangos. Ni ganas de existir tenía, tan aburrido, cansado, hastiado
de la vida de mierda estaba.

Bajó por el río Primero para el lado de su casa.
El tufo del matadero apestaba la zona. Cuando dobló hacia Sargento Cabral
encontró a la barra de Cacho escuchando el partido y tomando cerveza en la
vereda. Paró, conversó un rato, escucho e hizo un par de bromas y siguió
camino. Mientras caminaba pensó que los amigos de Cacho solo servían para tomar
cerveza y escuchar fútbol.

—Unos idiotas— se dijo.

Llegar a la casa fue peor de lo que se había
imaginado. Estaba vacía, oscura, parecía abandonada. Le dio hambre, abrió la
heladera. Todo lo que había era una botella de coca de dos litros llena de agua
y un pan de manteca por la mitad sobre un platito de vidrio verde. Prendió la
tele, un reality, una novela, un noticiero. Le hubiese gustado tener cable.
Puso un cd de cuarteto pero estaba rayado y saltaba. Fue al almacén de Yaya,
compró pan, salchichón y una cerveza. Volvió, se hizo un par de sándwiches,
abrió la cerveza, prendió la radio y se puso a escuchar Belgrano-Boca.